Consumo de lácteos en niños: leche, queso, yogures… ¿Son realmente buenos?

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Consumo de lácteos en niños: leche, queso, yogures… ¿Son realmente buenos?

El consumo de lácteos en niños es un tema polémico hoy en día. Hasta ahora, hemos crecido con la idea de que tomar leche, y sus derivados, es esencial para llevar una dieta completa y equilibrada. La frase “toma leche para crecer sano y fuerte” está en la mente de todos nosotros. Sin embargo, cada vez hay más detractores de esta tendencia. Numerosos estudios médicos y científicos plantean ciertas dudas al respecto. ¿Es realmente bueno consumir leche después del destete? ¿Los productos lácteos hacen que tengamos los huesos más fuertes y evitemos la osteoporosis? Aunque todavía queda mucho por descubrir al respecto, lo que parece estar cada vez más claro es que la sociedad actual está abusando de este tipo de productos. Ni los lácteos aportan todo el calcio que necesitan nuestros huesos, ni son tan sanos como hasta ahora pensábamos. Hoy analizaremos brevemente las ventajas y desventajas del consumo de lácteos en niños.

 

Consumir lácteos para unos huesos fuertes: desmontando el mito

“Si no tomas leche te quedarás pequeño” es una frase que hemos escuchado hasta la saciedad. Muchos padres se preocupan porque sus hijos no quieren, o no pueden, tomar lácteos, pensando que esta carencia les provocará problemas de crecimiento o incluso osteoporosis en el futuro. Es cierto que nuestros huesos necesitan calcio para formarse y mantenerse correctamente, pero la leche y sus derivados no son los únicos alimentos que contienen este mineral. En realidad, en lugar de hablar de “calcio consumido” debemos hablar de “calcio absorbido”. Y es que no es tan importante la cantidad de calcio que posee un alimento como la posibilidad que tiene nuestro organismo de absorberlo. Verduras de hoja verde, coles, sardinas en aceite (con espinas comestibles), legumbres, semillas, etc., aportan todo el calcio necesario para una dieta sana y además incluyen otras vitaminas y minerales que ayudan a su correcta absorción. Por eso, las dietas que incluyen pocos o ningún lácteo, no tienen por qué ser deficientes ni ocasionar problemas futuros.

En cuanto a la salud de nuestros huesos, recientes estudios científicos aseguran que el consumo de lácteos en niños no está relacionado con un menor índice de fracturas. Incluso la osteoporosis, tan preocupante a día de hoy, no puede explicarse como una carencia de estos productos. De hecho, países asiáticos como China o Japón apenas consumen lácteos y sin embargo presentan menores índices de fracturas óseas y osteoporosis que Europa o EEUU, donde la leche y sus derivados forman parte de la dieta diaria de la mayoría de sus habitantes. Por este motivo, debemos desterrar la idea de que los productos lácteos son necesarios para la salud de nuestros huesos, y empezar a cambiar estos hábitos tan arraigados en nuestra sociedad.

 

Entonces, ¿son malos los productos lácteos?

La leche y todos sus derivados no son malos en sí mismos, lo que es malo, como todo en esta vida, es el abuso que se hace de ellos. El consumo de lácteos en niños es, a día de hoy, excesivo. La industria alimentaria nos vende miles de productos destinados a cubrir unas necesidades un tanto engañosas. No es que la leche y los yogures no contengan calcio y otros nutrientes importantes, es que una dieta equilibrada suple esos aportes sin necesidad de incluir lácteos en tales cantidades. De hecho, hay estudios recientes que afirman que la cantidad de calcio consumida actualmente es excesiva y que, en una dieta de calidad, consumir productos lácteos tiene más desventajas que beneficios (Ludwig & Willet, 2013).

 

Pero, ¿qué desventajas tienen los lácteos?

  • Son alimentos procesados. El consumo de productos procesados es un factor clave en el desarrollo de obesidad infantil y de enfermedades como la diabetes. Los yogures para niños, por ejemplo, tan apetitosos y atractivos, tienen unas cantidades de azúcar desproporcionadas. Además de colorantes, potenciadores del sabor, conservantes etc. La leche actual tampoco es igual que la que consumían nuestros antepasados. Aunque hay ciertos elementos del procesado de la leche que son necesarios, como la pasteurización, lo cierto es que tanta manipulación acaba por mermar la calidad del producto. Las propias vacas lecheras viven en condiciones poco favorables, hipermedicadas, estresadas y alimentadas a base de piensos muchas veces transgénicos. Esto, indudablemente, repercute en su leche y en la salud de los consumidores.
  • Son de difícil digestión. Los bebés necesitan consumir leche materna, por lo que producen altos niveles de lactasa, una enzima que se encarga de sintetizar la lactosa de la leche. Con el paso del tiempo, muchas personas empiezan a segregar menos lactasa, lo que hace que no digieran los lácteos con normalidad. Esto es algo natural, si pensamos que ningún animal consume leche (y mucho menos de otro mamífero) después de la primera infancia. Aunque algunos seres humanos han llegado a desarrollar mutaciones que les permiten procesar los lácteos, son muchos los que todavía presentan problemas digestivos derivados de este tipo de intolerancia.
  • Pueden provocar alergias. Aunque en las alergias alimentarias intervienen muchos factores, exponer a niños pequeños a la leche de vaca puede producir reacciones alérgicas a ciertas proteínas. Podéis informaros más sobre la APLV en nuestro post Alergias en niños y bebés: APLV, Alergia a la Proteína de la Leche de Vaca.
  • Empeora la mucosidad. El consumo de lácteos en niños que presentan mucosidad suele agravar sus síntomas. Por ello, se desaconsejan en casos de alergia, asma u otros trastornos respiratorios.
  • Algunos estudios afirman que los lácteos aumentan el riesgo de padecer problemas hormonales (la leche contiene muchas hormonas) e incluso cáncer de próstata y ovario.

 

Recomendaciones básicas sobre el consumo de lácteos en niños

Aunque todavía no hay estudios concluyentes que aseguren que el consumo de lácteos en niños es perjudicial, si reflexionamos sobre estas nuevas tendencias y pautas alimenticias podemos concluir que limitar la ingesta de leche y derivados lácteos es recomendable. Una dieta completa y equilibrada, que incluya hortalizas, legumbres, carnes y pescados en cantidades óptimas, suple todos los requerimientos nutritivos de nuestro organismo. Limitar, o evitar a ser posible, el consumo de productos procesados (entre los cuales se incluyen muchos lácteos), optar por alimentos frescos y de calidad, comer variado y fomentar el ejercicio físico son los verdaderos pilares de un estilo de vida saludable.

 

Referencias: Ludwig, D. S., & Willett, W. C. (2013). Three daily servings of reduced-fat milk: an evidence-based recommendation? JAMA pediatrics, 167(9), 788-789.

Redondo-Cuevas, L. (2017). La otra cara de la leche. Obtenido de: http://www.luciaredondo.com/la-otra-cara-de-la-leche-2017.

 

 

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